“LA DISCÍPULA DE TUMAC”.
¿Existen personas capaces de predecir el futuro? La historia que sigue fue publicada en los años 50 en la revista Leoplan (http://lacasadelmisterio666.blogspot.com.ar/2014/01/relatos-leoplan-de-terror.html) y se trata de una aterradora experiencia real protagonizada por uno de sus lectores.
Los que vivimos en la ciudad y vamos al norte con el
propósito de olvidarnos de las luces de Buenos aires y de todo lo que a diario
nos ocurre, nos entregamos ávidamente a la contemplación de ese verde
maravilloso que nos invade el alma, sedienta de quietud.
Una tarde, cabalgando por las selvas chaqueñas con un
amigo que había conocido en el viaje y haciendo un paréntesis a nuestra ávida
contemplación de lo desconocido, nos acercamos a un rancho, que más que morada
parecía cueva, en el que descubrimos a una anciana que poseía todos los
atributos necesarios para ser tildada de bruja.
- Niños - nos dijo - , ¿quieren que les adivine su
porvenir?
- ¿Es usted gitana? – le preguntó Ernesto, que tal era el
nombre de quien me acompañaba.
- Sepa usted, señor – le dijo la bruja- que nosotras, la
discípulas de Tumac, sabemos mucho más que esas gitanas que se dicen adivinas y
que, únicamente, son charlatanas; y si lo quiere probar, por unas pocas monedas
le diré, no el pasado ni el presente, que eso bien lo sabe usted, sino su
porvenir…; pero si le tiene miedo a la verdad… ¡eso es otra cosa!
Picados en nuestro amor propio y por temor a ser tildados
de pusilánimes, aunque más no sea que por ese montón de huesos vivientes, nos
acercamos a ella con nuestras palmas hacia arriba.
- ¡Leé! – le dije.
Observó mi mano algunos minutos y dijo:
- El señor ha sufrido mucho, pero todos su padeceres se
verán compensados por el amor de una mujer que le alzará el espíritu por sobre
todo lo pasado.
Como lo dicho a nada comprometía, le volví la espalda con
indiferencia.
- Ahora le toca a usted – le dijo a Ernesto.
Tomó su mano, y a los pocos minutos la vi palidecer,
agrandarse sus ojos y decir:
- ¡Pobre muchacho! ¡Y tan joven!
Como es natural, entre risas pero tensos ante lo
ignorado, preguntamos qué veía en la mano de mi compañero.
Ella, en voz muy baja, me dijo:
- Su amigo morirá esta noche, ¡nadie puede salvarlo!
Espantado ante la revelación, solo atiné a preguntar:
- ¿Y cómo morirá?
- ¡Ahorcado! – me respondió.
Ernesto, que se había ido acercando, se puso a reír y me
dijo:
- Pero, Jorge, ¡cómo puedes creer semejante disparate!
Deja eso para los ignorantes; piensa que, a menos que seas tú quien me ahorque,
no hay un alma viviente en 30 kilómetros a la redonda, ¡y no pienso matarme!
Por otra parte, tengo la vanidad de creer que mi cabeza se asienta
admirablemente bien sobre mis hombros.
Contagiado por el buen humor de mi compañero, alejé la
ridiculez de mis ideas, y como ya obscurecía, tomamos el camino de vuelta.
Para llegar más pronto, Ernesto, que era un magnifico
conocedor del lugar, resolvió que tomásemos por un atajo, que si bien era muy
frondoso, nada ofrecía de extraordinario.
Luego todo fue tan rápido que aun hoy me espanta el
recuerdo.
En mitad del camino, el caballo de Ernesto, no supe jamás
por qué causas, se espantó, desviándose hacia lo más espeso del bosque.
Detuve a mi animal, esperando que mi compañero volviese
luego de dominar el suyo; pero un grito ahogado me hizo ir hacia el lugar donde
él se encontraba.
En medio de las sombras, algo destacaba sus nítidos
perfiles en el espacio. Era el cuerpo de Ernesto, ¡balanceándose!
Una liana que colgaba había pasado alrededor de su cuello,
y su animal, en plena carrera, dio el ímpetu suficiente para producir la
estrangulación.
¡La profecía de la discípula de Tumac se había cumplido!
H. Jorge Gerardi (Capital Federal)

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