Numerosos relatos a lo largo del tiempo han señalado la
existencia de seres gigantes. Criaturas como Pie Grande, El yeti o Bigfoot
resultan ser las más conocidas, aunque eso no significa que sean las únicas. Muchas
regiones de buena parte del mundo cuentan entre sus misterios con criaturas similares.
¿Pero acaso se tratan de seres de carne y hueso o estaríamos
ante entidades sobrenaturales que se materializan en determinadas ocasiones y
por algunos periodos de tiempo? Quizás las dos cosas sean posibles.
En esta ocasión traemos un inquietante relato verídico publicado
por la revista Leoplan (http://lacasadelmisterio666.blogspot.com.ar/2014/01/relatos-leoplan-de-terror.html)
sucedido en el campo argentino a fines de la década del 40 y relatado por uno
de sus protagonistas.
Corría el mes de junio del año 1948 cuando me encontraba
prestando servicios como suboficial del Ejército Argentino en la guarnición de
Jujuy. Cierta noche oscura se me acercó un soldado, jujeño de origen, en quien
había reconocido un coraje a toda prueba a través de sus actuaciones en las
tareas que se le encomendaban. Agradábame sobremanera escuchar los relatos de
su vida de campesino hecho a toda faena, en lo que siempre se ponía de relieve
su hombría.
Me solicitó permiso para salir esa noche, aduciendo que
le era muy importante llegar cuanto antes a la ciudad, refiriéndome – a manera
de comentario intrascendente – que efectuaría el camino por la vía férrea, para
hacer más corto el trayecto.
No opuse inconvenientes y, a manera de broma, me permití
recordarle que tuviera cuidado de no toparse con el “gigante negro” que, según
afirmaban numerosos soldados y paisanos del lugar, no les permitía llevar a
cabo el paso del puente de Huaico Hondo, obligándolos a deshacer el camino
andado. Lanzó una exclamación de burla y se despidió.
Momentos más tarde ya me había olvidado del incidente y
me encontraba recostado en mi lecho, embebido en la lectura de un libro. No podría
precisar con exactitud qué tiempo transcurrió pero, de improviso, hizo
irrupción en mi pieza aquel soldado. Su respiración fatigosa y anhelante era
signo evidente de que había sido presa de una extraordinaria agitación. Los ojos
sobresalían enormes de su rostro desencajado y terriblemente pálido; presentaba
en su uniforme los síntomas manifiestos de una marcha acelerada y torpe. Sus botas
y brecches estaban rotos y completamente cubiertos de barro.
Como se lo había propuesto, emprendió la marcha hacia la
ciudad, tomando como camino las vías del ferrocarril. Todo se desarrolló
normalmente hasta llegar al puente de Huaico Hondo. Inmediatamente percibió
cerca del terraplén, que en ese lugar era muy elevado, una prominencia que
presentaba las características inconfundibles de un féretro, incrustado en la
tierra. Desechó inmediatamente aquella idea y apresuró la marcha. De pronto
sintióse sujeto por la espalda, impidiéndole realizar movimiento alguno. A pesar
de eso, no perdió su serenidad, recordando que nunca debe tratarse de ver al “espanto”;
deslizó su mano semipresa hasta tocar el brazo que le sujetaba y notó que era
extremadamente frio y cubierto de una gruesa y dura vellosidad. Entonces perdió
la calma y comenzó un forcejeo desesperado hasta que aquella extraña aparición
lo puso frente al camino que había tenido que recorrer para llegar hasta allí.
Continuó forcejeando y, de pronto, vióse violentamente lanzado a tierra, donde
recibió considerables golpes en las rodillas. Una vez libre, emprendió veloz
regreso al cuartel. La profunda oscuridad reinante en aquella noche invernal
impedíale ver los accidentes del camino, debido a lo cual, rodó en numerosísimas
oportunidades.
Al ver ante mí a aquel valiente soldado, con las ropas
maltrechas y el espanto pintado en su rostro, ¿puede dudarse de que existe el
gigante de Huaico Hondo?

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