REVISTA
LEOPLAN
LEOPLAN, “magazine
popular argentino”, fue una revista literaria y periodística que nació en 1934
y cuya existencia se prolongó hasta 1965, alcanzando la cifra de casi 700
números publicados.
La
principal característica de esta creación de la legendaria editorial española
Sopena fue proponerle a sus lectores un plan para la lectura, y para ello sus
realizadores utilizaron un criterio amplio y avanzado. Su aparición era mensual
aunque luego se convirtió en quincenal.
Por
sus páginas pasaron obras de autores tales como Fiódor Dostoyevsky, León
Tólstoi, Anton Chejóv, Julio Verne, Maupassant, Alejandro Dumas, Arthur Conan
Doyle, H. G. Wells, Edgar Allan Poe, hasta Ambrose Bierce, Dashiell Hammett y Giovanni Papini, entre otros. La revista no
dejaba de lado relatos policiales o de ciencia ficción. También contaba con
periodistas de la talla de Enrique Gonzales Tuñón o, más acá en el tiempo,
Rodolfo Walsh.
“COLABORE CON “LEOPLAN”
Amén
de poseer un activo correo de lectores, la revista contó con una sección llamada
“Colabore en LEOPLAN” dirigida a que los lectores enviasen relatos acerca de
experiencias vividas por ellos, o referidas por otros, que versaran acerca de
“cuentos, leyendas y sucedidos” del campo argentino. Estas historias de
aparecidos, seres sobrenaturales y sucesos aterradores eran recompensadas por
la revista con la suma de “15 pesos por su molestia” y agregaba “no se preocupe
por la forma y el estilo literario (…) que nosotros le daremos sentido
periodístico”.
En LA CASA DEL MISTERIO publicaremos estos interesantes relatos. A continuación, el primero de ellos:
UNA
EXTRAÑA MUJER.
ENCONTRANDOME
internada en un hospital de Jujuy, se produjo un hecho que podría calificarse
de increíble, si no fuera que yo misma fui testigo de lo que a continuación
detallo.
Habrían
pasado más o menos ocho días que me hallaba postrada en el lecho del hospital,
cuando una mañana dos enfermeras trajeron a una mujer que, por su apariencia,
su indumentaria y su extraño proceder distaba muy poco o nada de encontrarse en
un estado de completa demencia. Para colmo, tuve que resignarme a aceptarla
como vecina de cama, pues la colocaron en la que seguía a la mía.
El
miedo que sentía era grande, a pesar de que las enfermeras me aseguraron que no
había peligro. No obstante eso, me hallaba intranquila, más aun por los rumores
que circulaban en la sala, de los cuales pude recoger alguna que otra frase.
La
extraña mujer había sido traída de un internado de mujeres. Observándola
detenidamente, saqué en conclusión, y según mis cálculos, que su edad oscilaba
entre los 24 y los 26 años; su rostro, que era suave, formaba acusado contraste
con sus ojos negros, grandes y profundos. Sus labios se contraían
incesantemente en un rictus de desprecio. Lo que más me llamó la atención fue
su cabello, cortado casi al rape. Pero luego supe que se trataba de una
costumbre, o más bien de una exigencia, del internado para las mujeres de mal
comportamiento.
La
primera impresión de su rebeldía la tuve por la noche, cuando, como es habitual
en los hospitales, se presentaron las monjas para pedir a todas las enfermas
que rezasen, cosa que la mujer que me ocupa negóse rotundamente, diciendo, con
cavernosa voz, que ella no era de este mundo y que por tal motivo no debía
rezar. Las monjas no dieron mayor importancia al hecho, ya que conocían el
estado mental de la enferma.
Cuando
ya el sueño había invadido a la mayoría de las enfermas, quedé sobrecogida de
terror al escuchar a mi extraña vecina hablar, entre sueños, palabras que no
pude precisar como naturales.
Le
oí estas frases, que me quedaron grabadas y que jamás podré olvidar:
“Te estoy esperando,
¡oh amo y señor de las sombras!
No abandones mi
cuerpo, ya que me has arrebatado el alma”
No
pasaron ni diez minutos cuando un enorme perro negro, que no supe por donde
pudo haber entrado, arrimose a la cabecera de la mujer y comenzó a lamerla;
enseguida y merced a la claridad lunar que penetraba por una de las ventanas de
la sala, miré el rostro de aquella mujer, que poco a poco iba transformándose:
una larga cabellera cubría ahora su rapada cabeza y sus labios estaban pintados
de rojo vivo, hasta la exageración.
Esto
fue el límite de mis atormentados nervios; grité hasta que me sacudieron
enérgicamente; un médico y una enfermera me contemplaban atónitos; les conté lo
que había visto y se sonrieron. Seguidamente me dieron un calmante, creyéndome
en un ataque de delirio.
Al
despertar a la mañana siguiente, mi primera mirada fue hacia mi vecina, que
dormía profundamente, con un sueño normal.
¿Fue
visión, sugestión o realidad?
Una
pregunta que jamás me pude contestar…


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