martes, 28 de enero de 2014

RELATOS LEOPLAN DE TERROR



REVISTA LEOPLAN


LEOPLAN, “magazine popular argentino”, fue una revista literaria y periodística que nació en 1934 y cuya existencia se prolongó hasta 1965, alcanzando la cifra de casi 700 números publicados. 



La principal característica de esta creación de la legendaria editorial española Sopena fue proponerle a sus lectores un plan para la lectura, y para ello sus realizadores utilizaron un criterio amplio y avanzado. Su aparición era mensual aunque luego se convirtió en quincenal.   

Por sus páginas pasaron obras de autores tales como Fiódor Dostoyevsky, León Tólstoi, Anton Chejóv, Julio Verne, Maupassant, Alejandro Dumas, Arthur Conan Doyle, H. G. Wells, Edgar Allan Poe, hasta Ambrose Bierce, Dashiell Hammett y  Giovanni Papini, entre otros. La revista no dejaba de lado relatos policiales o de ciencia ficción. También contaba con periodistas de la talla de Enrique Gonzales Tuñón o, más acá en el tiempo, Rodolfo Walsh.

En ella podían encontrarse además notas de corresponsales extranjeros, crónicas actualidad e interés general. Cabe destacar que en sus páginas se publicó por vez primera Mafalda, la creación del dibujante Quino.

“COLABORE CON “LEOPLAN”

Amén de poseer un activo correo de lectores, la revista contó con una sección llamada “Colabore en LEOPLAN” dirigida a que los lectores enviasen relatos acerca de experiencias vividas por ellos, o referidas por otros, que versaran acerca de “cuentos, leyendas y sucedidos” del campo argentino. Estas historias de aparecidos, seres sobrenaturales y sucesos aterradores eran recompensadas por la revista con la suma de “15 pesos por su molestia” y agregaba “no se preocupe por la forma y el estilo literario (…) que nosotros le daremos sentido periodístico”.       


En LA CASA DEL MISTERIO publicaremos  estos interesantes relatos. A continuación, el primero de ellos:


UNA EXTRAÑA MUJER.



ENCONTRANDOME internada en un hospital de Jujuy, se produjo un hecho que podría calificarse de increíble, si no fuera que yo misma fui testigo de lo que a continuación detallo. 

Habrían pasado más o menos ocho días que me hallaba postrada en el lecho del hospital, cuando una mañana dos enfermeras trajeron a una mujer que, por su apariencia, su indumentaria y su extraño proceder distaba muy poco o nada de encontrarse en un estado de completa demencia. Para colmo, tuve que resignarme a aceptarla como vecina de cama, pues la colocaron en la que seguía a la mía. 

El miedo que sentía era grande, a pesar de que las enfermeras me aseguraron que no había peligro. No obstante eso, me hallaba intranquila, más aun por los rumores que circulaban en la sala, de los cuales pude recoger alguna que otra frase.

La extraña mujer había sido traída de un internado de mujeres. Observándola detenidamente, saqué en conclusión, y según mis cálculos, que su edad oscilaba entre los 24 y los 26 años; su rostro, que era suave, formaba acusado contraste con sus ojos negros, grandes y profundos. Sus labios se contraían incesantemente en un rictus de desprecio. Lo que más me llamó la atención fue su cabello, cortado casi al rape. Pero luego supe que se trataba de una costumbre, o más bien de una exigencia, del internado para las mujeres de mal comportamiento.       

La primera impresión de su rebeldía la tuve por la noche, cuando, como es habitual en los hospitales, se presentaron las monjas para pedir a todas las enfermas que rezasen, cosa que la mujer que me ocupa negóse rotundamente, diciendo, con cavernosa voz, que ella no era de este mundo y que por tal motivo no debía rezar. Las monjas no dieron mayor importancia al hecho, ya que conocían el estado mental de la enferma.

Cuando ya el sueño había invadido a la mayoría de las enfermas, quedé sobrecogida de terror al escuchar a mi extraña vecina hablar, entre sueños, palabras que no pude precisar como naturales.

Le oí estas frases, que me quedaron grabadas y que jamás podré olvidar:

“Te estoy esperando, ¡oh amo y señor de las sombras!
No abandones mi cuerpo, ya que me has arrebatado el alma”

No pasaron ni diez minutos cuando un enorme perro negro, que no supe por donde pudo haber entrado, arrimose a la cabecera de la mujer y comenzó a lamerla; enseguida y merced a la claridad lunar que penetraba por una de las ventanas de la sala, miré el rostro de aquella mujer, que poco a poco iba transformándose: una larga cabellera cubría ahora su rapada cabeza y sus labios estaban pintados de rojo vivo, hasta la exageración.   

Esto fue el límite de mis atormentados nervios; grité hasta que me sacudieron enérgicamente; un médico y una enfermera me contemplaban atónitos; les conté lo que había visto y se sonrieron. Seguidamente me dieron un calmante, creyéndome en un ataque de delirio.  

Al despertar a la mañana siguiente, mi primera mirada fue hacia mi vecina, que dormía profundamente, con un sueño normal.

¿Fue visión, sugestión o realidad?
Una pregunta que jamás me pude contestar…

                                                                                           
                                                                                         Julia C. Clemente. (Jujuy)

 

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