¿Pueden las manifestaciones sobrenaturales “proteger” un lugar de la presencia de extraños?
Escalofriante historia real ocurrida en el campo argentino y narrada por uno de sus lectores para la revista Leoplan (http://lacasadelmisterio666.blogspot.com.ar/2014/01/relatos-leoplan-de-terror.html)
Este extraño caso ocurrió hace unos años entre el partido
de Chivilcoy y Suipacha.
Una cuadrilla que estaba encargada de renovar el
terraplén de un viejo puente que cruza un arroyo cercano a una estancia
abandonada varios años atrás, acampó con todas las máquinas y herramientas en aquel
viejo establecimiento. Cierto día – un sábado -, todos los peones, a la
tardecita, acomodaron sus pingos (N de la R: caballos) y sus mejores aperos
para ir al poblado a divertirse. El cocinero de la cuadrilla, hombre ya de
cierta edad, no quiso salir, diciendo que en sus tiempos se había divertido
bastante. Así que esa noche se quedó solo en aquella estancia.
Las sombras de la noche daban cierto aspecto fúnebre a
aquel caserón, pero el cocinero no era hombre que se asustase fácilmente, y
después de preparar su cena tendióse en el catre dispuesto a dormir a pierna
suelta.
Sería cerca de la medianoche cuando lo despertó el tropel
característico de varios caballos que galopaban hacia los corrales de la
estancia. “Serán los muchachos que ya vuelven”, se dijo, pero extrañándole, sin
embargo, que regresaran tan pronto.
Se levantó y desde la puerta alcanzó a oír voces de
varias personas, que bromeaban entre sí, festejándose los dichos. Hasta sus
oídos llegó el ruido de los recados al desensillar y distinguió las siluetas de
los paisanos acomodando sus caballos.
Seguro ya de que eran sus compañeros, entró en la cocina
y preparó el mate. Después los llamó:
- Muchachos, rumbeen p´a la cocina si quieren yerbear.
Solo el silencio y el murmullo del viento en los árboles
le respondió…
Con paso tembloroso se acercó hasta el corral, donde
momentos antes viera caballos y jinetes, pero cuál no sería su asombro al
comprobar que no había nadie ya en ese lugar, y que él era el único ser
viviente en aquel caserón. Sintió que la sangre se le helaba en las venas y que
las piernas se negaban a sostenerlo.
- ¡Dios mío! – exclamó -. ¿Habrá sido solo una visión o
un sueño?
Buscó entre las cobijas un poco de abrigo para el frio de
muerte que lo invadía, pero al sacar la cabeza de bajo el poncho que lo tapaba,
vióse iluminado por un resplandor rojizo, y una luz muy grande se acercaba
despacito a él. Dominando un poco el terror que sentía, enderezóse en el
momento en que sacaba el cuchillo que siempre dejaba bajo la almohada.
- ¡Que el Señor me proteja! – susurró, y atropelló a
aquella luz que lo enceguecía… Al chocar el acero con ella oyóse un ruido como
el retumbar de un trueno, y mil pedazos de fuego se dispersaron a su
alrededor…
En ese momento llegaba el capataz que regresaba después
de haber pasado la noche en el pueblo. Encontró al pobre viejo tendido en el
suelo, empuñando el cuchillo. Cuando volvió en sí de su desvanecimiento le
contó todo lo ocurrido al capataz; pero éste, que no creía en estas cosas,
sonriéndose le dijo:
- Habrá estado soñando, amigo…, y se cayó del catre…
Cuando yo, tiempo después, enterado de esta historia, le
pregunté a mi abuelo que había de cierto, me explicó que aquella vieja estancia
había pertenecido a una familia inglesa muy distinguida, y que, al morir todos
misteriosamente, quedó abandonada, pero nadie tocó jamás nada de lo que allí
había, pues aun se conservan todas las cosas que pertenecieron en vida a
aquella gente: los muebles, camas, ropas y demás objetos.
Muchos fueron los que intentaron llegar hasta allí para
apoderarse de ello, pero siempre tuvieron que volverse atrás, espantados por
horribles apariciones, que cual celosos guardianes rodeaban el caserón.
Ángel S. Dono
R. de Escalada
F. C. N. G. Roca.






